Suena una musiquita
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Suena una musiquita

*Suena una musiquita*

¿Dinos, profesorcito de hojaldre, qué pensabas durante la crisis de los misiles? ¿Qué piensas sobre el golfo de Maracaibo y su horizonte ajeno? Ahora dinos, jornalero soñador, ¿qué piensas de las motosierras y el Festival de la Leyenda Vallenata? ¿Lloras cuando un pastor se ahoga en el río Orinoco? ¿Cruzarás la frontera con nosotros?

¿Lloras?

Entonces decías, ante los estudiantes, ante los jurados, ante los maniquíes: muy lindo el olor de los empaques de carbono, muy coherente el olor de la gasolina y el sabor de las placas de silicio. Luego te retirabas. Pasaban dos y tres días y volvías a la carga. Muy lindo el patrón luminoso que proyectan los mercados sobre esta pantalla que parece de hielo. Fantástico. Así, sin dolor, llegaba el fin de mes. Ni siquiera tenías que preguntarle al banco si todo ese esfuerzo tendría una compensación. El dinero, holograma, vibración fantasmal, aparecía en la pantalla de tu aparatito. Nadie lo notaba. Pensabas en casinos y en helicópteros piloteados por chimpancés. Era el único momento del mes que merecía una risa. Al final, terminabas comprando un tarro de aceitunas. Caminabas por los parques, masticando y escupiendo. Todavía podías ver a uno que otro joven leyendo el Ulises. También estaban esos perros labradores, saltándole encima al primer infeliz que se les atravesara. Mirabas las copas de los árboles, mirabas el alumbrado eléctrico, soñabas con un poema sobre la fractalidad, pero luego mirabas el frasco de aceitunas: vacío.

Estaba esa otra parte de la vida. Comer y controlar la caspa. A veces, hablar con gente que merodeaba por ahí, entre muros y grúas; vendedores de carros, abogados, mujeres que ofrecían seguros de vida y masajes en el cuello. Ésa parte de la vida. Con dos o tres amores bastaba. Se les decía amores, por no perder la costumbre. Lo mejor, en esos casos, era estar borracho. Entre adormecido y risueño, llegabas a inventarte un sentido, una razón para tocar la mano de ese amor, para contarle historias de niños que viajaban en cometas, para preguntarle si sus ojos eran de verdad, para decirle mira: ahí estaba el río. Cosas así. Ese amor, si lograbas ser más o menos espontáneo, dejaba salir algunas lágrimas. Nada dramático. Esos amores eran estratificados, diferenciados, como la ropa de los lunes y la ropa de los viernes a las cinco de la tarde, como el arroz chino y el carpaccio. Eso le daba algo de variedad a los encuentros. Así, te permitías variar con otros asuntos. Veías una serie sobre detectives y al cabo de unas horas te dormías viendo el documental sobre el ortodoncista de hamsters. Cambiabas, pasabas las páginas del gusto y del deseo; un día sí y un día no, sin temor, sin Dios, sin espasmos.
Hacías deportes para la salud de tus tobillos. Deportes sin estadísticas, sin envidia ni peligro de muerte. Ya se los puede uno imaginar. También bastaba con dos o tres idiomas. Uno para escribir poemas microcelulares, otro para pedir postres, y otro para comprar drogas inteligentes en el camino de la seda.

No dormías bien, por supuesto. Dormir bien era una superstición.

Un día, llueven truchas sobre el estadio donde la selección nacional está a punto de coronarse campeona de un torneo más o menos importante. La gente no sabe si reír o patear las truchas. Ya por esos días no estabas en las calles. No salías. Te quedabas mirando videos de bailes de salón y conciertos de la época de oro. Una de tantas. Cuando sentías deseos de llorar, llamabas a una mujer para que te cortara las uñas. La mujer acababa y te chupaba los dedos, mientras tú mirabas las estrellas fugaces, que a lo mejor eran satélites viejos o pedazos de chatarra abismándose hacia el culo del universo. Pagabas siempre más de lo que te pedían, dabas propinas y cerrabas la puerta.Los dedos, como siempre, quedaban impecables.

Así, en esos días, llegó este día que hoy celebramos. Llegó ese día. Te dijeron que llevaras tu propia bebida. Llevaste agua con gas y una botellita de ginebra ¿Limón? No, gracias. La gente habla sobre un incendio en un museo. Suspiras. Se quemó lo más hermoso, se fundió el cristal eterno, se murió adentro, llorando, un tipo muy sensible. Estás en un sofá, rodeado de pares académicos y pares lúdicos, rodeado de gatos y de paquetes de galletas sin azúcar. Miras la punta de tus zapatos: gamuza y hielo no combinan bien ¿Hielo? pregunta alguien. Hielo. Aquí nunca caerá nieve, dice una mujer, desconsolada, llorando aún por la suerte de los museos. Hielo, nieve, escarcha sideral, todo eso no le cae bien a tus zapatos de gamuza. Mueves la cabeza hacia un lado, como si quisieras escuchar bien algo distante, y piensas: qué novatada. Ahora estás, oficialmente, en otro tiempo. Felicitaciones.

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(Cali, 1982). Comunicador social de la Universidad del Valle, especializado en Creación Multimedia en la Universidad de los Andes. Maestría en Escrituras Creativas en la Universidad Nacional de Colombia.

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