Negro superdotado
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Negro superdotado

No me vaya a encochinar. Eso fue lo único que me pidió. Y lo dijo no sólo por él, también por su familia y por sus clientes; que de seguro no querrán aparecer en estas páginas, debajo de ese titulo descabellado.

Puedo decir que usted es de otra ciudad, o cambiar un poco las fechas.

No. Yo soy de Cali, escriba todo como es.

Entonces lo único que descartamos es el nombre.

Sí. El nombre no. Mejor sin el nombre.

Es un negro alto que viste camisetas holgadas con jeans y zapatos de material. Hace más de dos meses que acude diariamente, y sin falta, a una oficina en el centro. ¿Por qué? Por que en esa oficina, desde la que se ve como bailan las palmeras del parque de la Plaza de Caicedo, se está decidiendo lo que será el resto de su vida. Uno de estos días, tal vez hoy, tal vez mañana, le van a decir que sí; y esa respuesta cambiará todo para él y su familia.

Raúl salió de su trabajo en la obra una tarde de 1989 en Cali y se metió como de costumbre a una de las tantas salas de masajes que conocía. Cuando lo dejaron entrar alcanzó a ver un culo que se perdía entre la cortina roja y sucia, y a escuchar un trote de tacones altos y un cuchicheo. Se sentó y unas palmadas dieron la orden para que las mujeres desfilaran. ¡Niñas, presentarrrrsen! Y ellas, oteando a través de la cortina y tratando de ver sin ser vistas, se animan y salen caminando, le estrechan la mano encallecida y repiten un nombre bonito, que no es menos cierto por ser falso.

Él las examinó como un cliente experto y eligió a Verónica, por que estaba más vestida que las demás. Le gusto que el jean le apretara la cintura, y el misterio de su cuerpo vestido en medio de tanta desnudez. En casa ya no lo esperaba nadie porque su mujer lo había abandonado llevándose a sus dos hijos. ¿Te duchas? pero Raúl no estaba para duchas. Era la rutina helada de todos los masajes, la amabilidad se le dibujaba en el rostro como el color del rubor en los cachetes. Verónica lo vio desnudarse con indiferencia hasta que se bajo los pantalones, el muchacho tenía una erección plena que los resortes de su tanga no podían contener: negro, morado, largo, ancho, palpitante, erecto. La verga más grande que ella había conocido jamás. Acuéstate boca abajo, le dijo. Y al instante pensó que tal vez Raúl quedaría suspendido como un equilibrista o se dislocaría el miembro. (En una historia ideal habrían sucedido las dos cosas, pero no.)

Cuando Raúl habla de ese día, no puede dejar de sonreír. No porque recuerde la cara que le hizo Verónica o porque las cosas pasaran como yo las he recreado para ustedes, sino porque ese día, en esa cama, nació una inesperada amistad que le dio el primer giro a su vida.

Verónica y Raúl conversaron mientras ella repetía mecánicamente la rutina mal aprendida de un masaje relajante. Los detalles de esa conversación se los ha tragado el tiempo, pero lo cierto es que mientras pasaba sus pequeñas manos sobre esa piel negra que se erizaba bajo el aceite de almendras, le dijo que mucha gente estaría dispuesta a pagar por un hombre como él. Raúl la escuchaba incrédulo y sonreía complacido. ¿Quién va a pagarle a este negro para que se lo coma? Y ella juiciosa, las manos sobre el cuerpo, la sonrisa. Y al final, tal vez porque quería que él volviera, tomó al monstruo entre sus manos y lo domó a besos hasta dejarlo exhausto.

Raúl se fue a casa y le fue difícil dejar de pensar en Verónica, la buena publicidad siempre ha estado ligada al sexo. En el camino a su casa, en el distrito de Agua Blanca, el negocio le sonaba cada vez más. Seguramente llegó a casa y miró a su alrededor, sintió la soledad en que lo había dejado su esposa, vio lo poco que había logrado pegando ladrillo y pensó en la buena mamada que le había dado Verónica. Así que no demoró mucho en volver a la sala de masajes. Rápido se hicieron amigos. Se llamaban y salían a bailar. Para una noche de esas Verónica le consiguió el primer trabajo.

Un trabajo en el oeste, en las casas finas, en uno de esos barrios donde los negros sólo iban a vigilar, vender fruta o pegar ladrillos.

“Verónica nos dijo y nos fuimos. Era en un apartamento del oeste. Gente bien. Una pareja. Verónica siempre me hablaba de extranjeros pero estos eran de acá. Al señor le gustaba mirar, tenía unos 50 y a la señora le gustaba de todo. Ella toda elegante, uno la ve y nunca se imagina. El señor si tenía su cara.

Los clientes son amplios y te dan confianza, te atienden. Siempre se entra primero en confianza, en frío no se puede. Y no por uno, sino porque el cliente necesita conocerte.

Nos tomamos unos vinos, el vino es peligroso, uno no se puede exceder o puede quedar mal. Después, cuando la señora se decidió, nos fuimos al cuarto. El señor se sentó a un lado de la cama en una silla.

¿Tiene su morbo no?.

Raúl esquiva sin mirar a la gente que se nos atraviesa en el camino y me cuenta, me cuenta para que yo entienda; por que a veces me mira como pensando: pobre animalito, tú cómo vas a saber. Ese había sido su inicio en el mundo de la prostitución. Esta ciudad le abría las piernas como nunca antes por las mismas razones por las que se las cerraba en el pasado. Y es que como bachiller, negro y pobre. Tenía a la realidad un poco en contra. Y aquí me detengo, por que es difícil para muchos admitir que Colombia, que Cali, que nuestra gente linda, de todos los colores, tiene muchos prejuicios: racismo, clasismo, regionalismo, aquí en una tierra mestiza la discriminación no es algo extraño. Pero por cosas de esta sociedad, el ser negro trae su discriminación positiva. Una mitología del eros que puede ser una maldición, una bendición o una herramienta.

A Raúl lo buscaban por negro y por vergón. Dios le había dado su piel y su herramienta. Y nuestra sociedad lo usaba y lo endiablaba, el negro es pura candela. Y él sacaba provecho del asunto.

“Tiene su cosa comérsele la mujer a otro. ¿No?”

Esa vez aprendí que uno no lleva la iniciativa. Me dijeron que esperara y me quede ahí parado. Ellas en lo suyo… la cama. El marido con los pantalones abajo… la silla.

Me dio risa, el viejo la tenía muy chiquita.

Me fui desvistiendo, yo hace rato estaba listo; pero no hice nada hasta que la señora me hizo una seña”.

Después de este primer contacto todo se fue dando, Cali estaba en pleno delirio narcótico. Los noventa rodaban con sus dólares por todas las calles y las camas. Raúl hacia su agosto en medio de esa euforia. No sólo salía con Verónica a atender parejas sino que lo llamaban directamente. Le iba bien y decidió arreglar las cosas con su esposa. Si, como lo leen, su nuevo trabajo le permitió reconstruir su hogar. Aún así, su estilo de vida le traía problemas en la casa. Cuando no pudo justificarse más con su mujer le hizo una confesión a medias: le dijo que era proxeneta. La noticia, aunque la escandalizó, terminó con la crisis. A casa iba bien, los niños estaban en el colegio y un día Raúl apareció con un carro. Seguro la vida familiar de Raúl es más complicada que esto, pero él se la guarda.

Nuestra sociedad ha juzgado con dureza la prostitución femenina, la prostitución infantil, la prostitución homosexual; pero al gigoló lo ha elevado al status de héroe. Tal vez por eso para Raúl es fácil admitir que le gusta su trabajo.

“Empecé en esto por que me gusta, nadie se mete sino le gusta. Y ¿a quién no le gusta el sexo? Yo hacía mucha plata, porque estoy bien dotado y soy potente. No se hace nada si uno tiene la herramienta pero le falta la disposición”.

Pero el asunto es más complicado. El gigoló no tiene nada que ver con la realidad de un trabajador sexual. Las ayudas químicas, el perico, la cocaína, el viagra. La inestabilidad emocional, el miedo a ser descubierto. Y algo interesante: la línea que se hace difusa entre las sábanas. La orientación sexual, la importancia del género que se diluye cuando el oficio es la carne.

El negocio mejoró aun más para Raúl durante esos años. De una noche a otra había empezado a atender hombres. Ocurrió mientras atendía a una pareja. La mujer le pidió entre tantas cosas que penetrara a su esposo. Raúl pensó que le sería difícil, que el gigante entre sus piernas iba a negarse, pero no. Le fue tan natural como cualquier cosa y el dinero se dejó ver. Desde esa noche atendía hombres y mujeres por igual. Por ese mismo camino un día le ofrecieron mucho dinero…

“Yo no me considero bisexual, disfruto mi trabajo y no me pongo a pensar en eso. Cuando me ofrecieron lo de la… (penetración), yo lo pensé por que siempre había tenido curiosidad. Entonces probamos, pero me dolió, me dolió mucho y finalmente no lo hice. No lo hago por que no lo disfruto. Por eso digo que no soy bisexual, por que lo de los hombres yo lo veo como trabajo.

Llegó el final de los noventas y la familia iba bien. Una que otra pelea de celos, sospechas. Él trabajaba duro y ahorraba, tenía a los niños bien vestidos y la comida abundaba. Entonces le llegó la virgen. De cliente en cliente lo nombraron frente a un hombre poderoso. Este lo contacto por medio de una muchacha, ella le explicó rápidamente. En esencia, el hombre era un voyerista, pero el trabajo tenía su truco. Lo habían escogido por el tamaño de su miembro, su reputada potencia y el dolor que podría producir. El patrón era algo sádico, le gustaba lo que él mismo llamaba el sexo extremo. “Tenía su cosa contra las mujeres, no confiaba en ellas, las odiaba. La mayoría de las que se prestaban para su placer no eran prostitutas, eran jóvenes ambiciosas que iban a tirar por plata por primera vez”. Raúl tenía que ser inmisericorde.

Yo no comprendo mucho el placer que derivaba aquel hombre de ver a Raúl en esas maratones sexuales, o de comprar la conciencia y alquilar el cuerpo de las jovencitas, pero pienso que no es casualidad que buscara a un negro, que hay algo allí con la raza. Nada positivo. Tal vez para el mafioso era someter a esas espectaculares jovencitas a una humillación más, de índole racista. De cualquier forma Raúl se refiere a esa como la mejor época de su vida.

“Trabajaba casi exclusivamente con él. Me ponía puras niñas lindas, a veces dos. Y la plata se veía por todas partes. La última vez que me contrató, me recomendó que fuera tierno. Que esa no era como las otras. Después me pidió que me fuera y se quedó con ella. No lo volví a ver. Ahí fue cuando todo se me complicó; porque me había metido en el crédito de mi casa y descuidé a los demás clientes. Me vi muy apurado”.

Las vacas gordas habían terminado, Raúl empezó a anunciarse en los periódicos. La gente llamaba a burlarse, le ponían citas en direcciones ficticias. Las jovencitas universitarias se arrepentían y le cerraban la puerta en las narices. Algo había cambiado, algo iba mal. Pero Raúl se mantuvo firme. Se decía que todo iba a volver a ser como antes, y todavía tenía sus noches.

Hace poco, cuando estaba recogiendo la última cuota de su casa, lo llamaron para un servicio. Todo iba bien, era un tipo. Conversaron unos minutos por celular. Eran las preguntas de siempre. De pronto la realidad se le vino encima.

Dudó un momento.

<>

Y le colgaron.

Se sintió incómodo, le dio rabia. Era la primera vez que mentía sobre su edad y no sería la última. Ya tenía sus años; el tiempo se le había pasado sin saberlo.

EPILOGO

Negro, largo, largo, ancho, palpitante, erecto. Porque la clientela no acepta disculpas y la competencia corre joven por las páginas de los clasificados o en los catálogos que te llevan a casa. Vergas blancas, vergas rosadas, vergas amarillas, vergas negras, vergas jóvenes. Ya pasaron los días en que se cobraba bien y los clientes de confianza se han ido. Ahora los años pesan como si los testículos se convirtieran en plomo y a veces cuesta levantar el vuelo. Pero sigo siendo un toro; SOY UN TORO. No ando con pastillas, no necesito líneas y líneas de perico. Pero hay que admitirlo. Ya tengo mis años, es un número demasiado cercano a la impotencia, y estos kilos que se acumulan en las caderas no ayudan a convencer a nadie. El tiempo no perdona y no soy de los que corren en las mañanas, o de los que levantan pesas hasta que les arde la carne.

“Ahora mismo estoy buscando. Vengo de cuadrar algo con un amigo; voy a ser motorista. Voy a darle vueltas a Cali. Se me va a perder el culo de estar sentado doce horas en el cojín de un colectivo. ¿Pero qué se hace? Tengo responsabilidades. Antes podía ganarme dos millones en una semana. Ahora apenas sí me llaman; y son gente humilde: señoras que aprietan el sueldo para darse sus gustos; una pareja temerosa; un oficinista. En casa los niños reclaman los lujos que se daban, las zapatillas, los paseos, las porciones de carne. Siempre hemos comido bien.

Ahora pienso que hice bien comprando la casa, no tengo mucho de que preocuparme. No me salí del barrio, pero tengo mi carro. Como motorista se hace plata, uno se puede poner hasta doscientos mil pesos en un día. Pero la vida se te acaba; te duele la espalda; te quemas los brazos y me voy a poner más negro.”

Este domingo revisé los clasificados; allí estaba. No se ha retirado. La mano con la que me saludó el día de la primera entrevista tenía uñas esmaltadas, palmas suaves; nada que ver con el obrero de hace más de dos décadas. Pero tampoco son las manos de hace diez años. Tal vez la próxima semana ya no esté en el periódico y usted lo vea, sin saberlo, al volante de un colectivo. Podría estar sentado ahora a tres puestos de una leyenda sin nombre. Y otro negro superdotado puede estar comprando su espacio en los clasificados.

1 Comentarios desactivados en Negro superdotado 3308 26 Octubre, 2010 Reportajes, Textos Octubre 26, 2010

Autor: Vinci Andrés

Comunicador Social de la Universidad del Valle.

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