El lector pasivo no existe

El lector pasivo no existe

Los libros configuran, en quienes los frecuentan, unas disposiciones para tratar con la realidad que resultan únicas, puesto que no son generadas por ningún otro medio de comunicación. Un volumen impreso llama a sosiego, pero por otra parte reclama la más intensa actividad. Se puede leer de pie, quiero en la fila de los que esperan, o balanceándose con devoción ante los rollos de la Ley, pero la postura más natural es la de sentado; para leer con propiedad un libro hay que tomar asiento, lo que define por sí un lugar, una raíz de orden en la de otro modo caótica mezcla de hechos que es la vida. Es claro que también puede uno sentarse ante el televisor, o ante la computadora, pero en estos casos los textos si los hay se comportan como imágenes; son planos, fosforescentes y efímeros, no puede uno pararse a considerarlos, a desentrañar los hilos que componen su textura, y menos todavía los que constituyen su profundidad. Porque los textos tienen cuanto menos tres dimensiones: no son superficies sino volúmenes, y no sólo por resistir en un paralelepípedo de papel, sino por desplegar un espacio capaz de contener el mundo.

Ahora bien, ese despliegue es obra del lector; sin su colaboración la página impresa no revelaría sus caracteres, los que se reducirían a quietas filas de manchas sobre la hoja. La lectura pone en operación esas filas para suscitar lo que dicen y también lo que no dicen: lo que sugieren, lo que evocan, lo que sobreentienden, la atmósfera en que todo ello se baña y que incluye otras páginas, otros libros, múltiples tiempos y lugares, en suma, el Universo.

Los trabajos del lector son innumerables; la expresión “lector pasivo”, por eso, conlleva una contradicción en los términos.

Y bien, he aquí que esas labores, ejecutadas sobre unos grafismos que se extienden ante los ojos, labran también al que las cumple: hacen crecer en él una interioridad, un ámbito que propicia el recogimiento y la exaltación, el concepto y la metáfora, la figuración de lo posible y la articulación del saber. La clase de subjetividad que el libro contribuyó a formar es la que trató con la realidad como con algo pleno de significado, y consigo misma como con alguien digno de ocupar un puesto notable en ese cosmos.

Discurro en pretérito tal vez inducido por los que dicen que el lector ha muerto. Pero en verdad no creo en eso que se dice, puesto que al presuntamente fallecido me dirijo.

Samuel Schkolnik
*Parker 51/ Colección: Letra y Voz; Facultad de Filosofía y Letras/ Universidad Nacional de Tucumán, 2009.

0 0 2637 18 Septiembre, 2015 Articulos, En Portada, Textos Septiembre 18, 2015

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Comunicador Social y Periodista de la Universidad del Valle, Colombia.

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