Barbas
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Barbas

Por Stephanía Franco S.  | Fotos: Daniel Ríos Rengifo

-¿Usted conoce a Barbas?   – -¿El del Parque de las iguanas? – -Sí, ese.-

Alrededor del parque se escucha la fuerte voz de una mujer gritando a la nada. Los pocos transeúntes que recorren el lugar no reaccionan al llamado. “¡don Orlando!” En el parque las iguanas, las palomas, las gallinas, los perros, los conejos y los patos se aguzan reaccionando al nombre. Desde un ángulo del parque se escucha una respuesta al llamado con la vocal extendida, “voooooy”. En medio del crujir de las hojas en el piso, aparece desde el fondo del parque con una escoba en sus manos un hombre alto, flaco, con gafas, gorra, una bata azul, bluejeans, botas habanas y los particulares cabellos amontonados en la barbilla, ya con grandes manchas blancas de tiempo, y que han sido causa de su pseudónimo.

Barbas parece saber el motivo del llamado, se dirige hacia la reja, saca las llaves de su bolsillo y abre el candado mirando a la calle. Camina arrastrando los pasos, como si sus botas cargaran el peso de los años. Recibe de la mujer una olla de aluminio con restos de un sancocho de gallina, le da las gracias, ríen y Barbas se devuelve a su parque mientras tose unas cuatro veces. Pone la olla encima de lo que fue una mesa, mete sus manos sin vacilar tomando los restos roídos de las presas y las divide en partes iguales. Los siete perros levantan su cabeza con cada restallido de los huesos. Un agua grasienta se desliza por las manos de Barbas “este para usted, este para usted, este para usted… ¡Hércules usted ya comió!”- mantiene sus brazos estirados hacia los canes.

Años antes, en 1988, el día de Halloween fue la inauguración del parque para los niños. Orlando Machado a quien llaman “Barbas” realizó una limpieza con su dinero en los cuatro cuadrados del parque del barrio Uribe Uribe; salieron ocho volquetas totalmente llenas de basura. Ese día, lo que era un sitio abandonado, se convirtió en un espacio para los niños del barrio “¡Esto se llenó de niños! Corran pa’ allá y corran pa´ acá. Estuvo chévere esto y funcionó por un tiempo” cuenta Barbas con los ojos más abiertos y en medio de risas que dejan una carraspera en su garganta. “Esto se realizó con un objetivo social, lo llamé Saquemos al niño del conflicto. Había 35 niños pero los fueron matando, solamente quedan 4 vivos. De esos solo sirven 2”

Solo quedan barras oxidadas de lo que antes era el parque para los niños: restos de columpios, resbaladeros y burritos inservibles. Al parque lo cubre un silencio humano, satisfactorio para sus inquilinos que buscan tranquilidad. Un grupo amplio de iguanas comiendo a toda hora, conejos saltando por el lugar, gallos autoritarios, patos juguetones, un ganso cizañero y otros animales más tranquilos. Los más viejos han sido abandonados y con el tiempo han procreado haciendo del parque un pseudozoológico y de ese hombre su único protector. Barbas busca en una bolsa que le han dejado afuera, algo que esté en buen estado para dárselo a sus perros “Esto es basura, la gente cree que porque son animalitos sin raciocinio comen cualquier cosa ¡cómo les voy a dar esto!” . La arroja al costal de la basura.

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Me ha tocado duro, aquí hace falta comunidad, he tenido varios problemas con sujetos que son conflictivos, sujetos, así les digo yo, esa gente no merece que uno les diga persona”.

 

Barbas reposa en su hamaca con tres perros encima suyo a los que acaricia con suavidad como buscando algo que se le ha perdido en el pelambre. A su alrededor hay una tranquilidad que no es propia de un barrio popular. Tres chicos con un perro más grande que los siete del parque, son los únicos transeúntes del lugar. Uno de los muchachos se dirige a Rómulo, un perro de Barbas, afirmando que su perro se lo come a él cinco veces. Lo amenaza. Barbas ve el gesto del chico y se incorpora rápidamente “Al perro le pasa algo y paga usted” se acerca a la reja levantando las cejas y la cabeza alternativamente mientras señala al muchacho. El mayor de los chicos decide enfrentar al hombre por la reja y manda un puñetazo que es detenido por la malla. Barbas corre hacia un rincón del parque por las llaves pero cuando abre los chicos han desaparecido. Decide ir a buscarlos y aparece alguien. Intenta razonar con la ira del viejo “Barbas, Barbas, vení, calmáte, no le hagás caso a esos pelados” lo toma por el hombro y camina hacia el parque. Barbas entra, manda su mano derecha al bolsillo de la camisa y saca una cajetilla de cigarrillos. Enciende uno y lo fuma como si tuviese prisa, mientras su mano libre se cierra en un puño.

¿Ese señor no se ha muerto!

No se ha muerto. Tiene 64 años, 24 cuidando del parque. Ha liderado tres campañas promoviendo la educación de los niños “Yo quiero que los niños tengan lo que yo no tuve”. Pidió apoyo a la comunidad para hacerle mantenimiento a los juegos de los niños y lo dejaron solo. Propuso que se hiciera una caseta con libros sobre el medio ambiente para niños y el resultado fue el mismo.

“Mara, usted no hace caso, yo no sé por qué las mujeres son así caramba” Barbas se dirige a una de las perras “¿Y por qué Mara?” dice una chica al otro lado de la reja señalando a la perra. “Es que cada animal que llega aquí, yo le pongo el nombre con algo relacionado a ese día. Por ejemplo, el día que Mara llegó, yo me estaba viendo una película de un emperador búlgaro que tenía una hija, la princesa, que se llamaba Támara, entonces yo le puse Mara. ¿Cierto, niña, que usted llegó aquí chiquitica?”, pasa su mano por la cabeza de la perra quien parece hipnotizada por su amo. “Por lo menos hoy no almuerzo” Mira al piso y menea la cabeza a los lados “Estoy en una situación económica muy mala, a veces almuerzo, pero por lo menos hoy sigo derecho, pa´ eso está el agua” y sonríe con la mirada todavía baja “¿Usted sabe quién es Brahma?, un dios hindú, con el agua crea la vida ¡hay que leer de todo un poco!” Un chico llama en la reja “Señor, ¿usted cobra por entrar?”, “No, hágale entre” “Gracias” Barbas alza su cabeza y con un tono de vos más grueso advierte al muchacho “Sin ir a tocar un animal” . Tose.

Los animales son su familia; el motivo por el que se despierta todos los días a las tres de la mañana y sale de su habitación camino a una bodega de verduras para conseguir el pan del cada día, “Allá en la bodega hacemos trueque” mueve sus manos desde su pecho hacia el frente varias veces. Llega al parque y saca a sus animales de las cajas de madera, toma una de las cuatro escobas para limpiar el lugar al tiempo que toma los bultos de lechuga que consiguió y la sirve en un angosto depósito lineal. Los animales se van acercando, Barbas se fuma un cigarrillo, toma de nuevo su escoba para barrer la parte de afuera. Un pequeño perro, Remo, lo sigue por todo el parque, da fuertes saltos y hace sonidos particulares que causan la risa y un gesto de alegría de su amo que finalmente lo toma contra su pecho “Después del medio día es la hora de la siesta, me acuesto en la hamaca y los perros se me van amontonando, sobre todo este, es un consentido. Déjeme papi que usted no me va a ayudar a barrer, a ver, abajo pues que ya lo mimé” el perro se aleja moviendo la cola en zigzag y barbas dice en voz baja para que su perro no lo escuche “¿Si ve?, ahí deja la bobada”

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“Solamente me falta organizar los cubículos de estos pelados” se dirige a la pequeña fuente que hay en un extremo del parque y en unas cocas recoge agua que ubica al lado de las amontonadas y pequeñas casas de madera ya gastada. “Esto era un basurero, las primeras dos iguanas me las regaló un amigo, un día que entré a hacer chichí al baño de él, yo vi dos iguanas por el techo, y le pregunté que esas iguanas qué y me dijo ‘No hermano, no sé qué hacer con ellas, me dañan las cortinas y mi mujer ya me armó problema’ yo le dije regalámelas y me las traje pa´ acá. Luego otros vecinos me trajeron más y armé un grupo de diez, y ya, desde ahí se fueron apareando entonces los muchachos le pusieron ‘el Parque de las iguanas’ ”. A simple vista se pueden calcular unas 100 o 120 iguanas que se confunden con las ramas de los tres árboles que hay en el parque.

Cuando empieza a oscurecer, Barbas corre por todo el parque, se detiene bruscamente cada tanto se agacha, se levanta, corre de nuevo, se tira al piso, se pone en cuatro. Está entrando a los conejos a su casita de madera. “A mí no me gusta el juego, ¡venga pa´ acá! Y sonríe agitado con su ropa sucia. Después de hora y media agarra el último de los siete conejos, lo sostiene contra su pecho, el conejo hace fuerza contra la cajita de madera “ay, ¿si ve bobo?, ahí se pegó”.

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“Cuando yo era niño trabajé en el matadero, me decían que no entrara a los corrales que era peligroso pero yo me la pasaba allá metido, siempre he sido terco, aquí me he ganado problemas porque no le como cuento a nadie. Hace tiempo, un tipo llegó nuevo aquí al barrio, eso fue pa´ un diciembre, y yo soy muy bueno observando” manda su mano derecha el bolsillo de la camisa y de la cajetilla saca un cigarrillo y lo enciende “le vi la malicia, estaba tirando pólvora y le dije ‘hermano no me vaya a tirar pólvora aquí que me lastima a los animales’ y fui a la panadería a comprar un cigarrillo cuando ¡taz!, dos tumbarranchos”

En los periódicos aparecieron textos como “El parque ecológico de las iguanas, en Cali, está de luto. Los estragos de la pólvora causaron una tragedia animal y cobraron la vida de 25 iguanas, tortugas y algunas aves” o “El ruido producido por la explosión de fuegos pirotécnicos causó la muerte de 25 iguanas en un parque ecológico de la ciudad colombiana de Cali, denunciaron ayer los responsables del centro turístico”.

Orlando lanza la colilla del cigarrillo a la carretera. Pasa un tipo y le entrega una bolsa con arroz blanco y duro. “Fueron 63 iguanas las que se murieron, con los días iban bajando de los árboles y se morían. Bajaban así, como que ya ni podían más” deja la bolsa en el suelo, rige su cuerpo lleva sus manos a la altura de los hombros y comienza a descender lentamente y en curvas intentado mostrar cómo morían sus animales. “Las enterré allá en la parte de atrás, allá hay huesos de conejos, gallinas, patos, iguanas, todos. Ahí están todos. Ese día me dio mucha rabia y cometí una bestialidad…una bestialidad…” deja sus ojos intactos, la mirada puesta en un solo lugar “la cagué…” sigue mirando a la nada y continúa: saqué el revólver y me fui a buscar al tipo y estaba ahí en la esquina, ahí había un bar, casi lo mato pero reaccioné. Me estaba volviendo violento, además ahí habían personas que no tenían nada qué ver, de pronto les hacía daño. Hice judicializar al tipo”

¿Segura que es el mismo? El que alimentaba las iguanas, no se metía con nadie. Solo cuidaba el parque y estuvo desaparecido un tiempo. ¿Sigue vivo?

“¡Bueno! Llegó la hora del baño. Voy a empezar por Tony, a ver, venga pues, jajaja, le van a mojar esas güevas” toma al perro de las patas delanteras, lo lleva hasta el andén del parque y empieza la tarea con una manguera y jabón de baño con olor a limón. El perro se queda inmóvil hasta que su amo le diga “sacúdase”. Le faltan tres perros y enciende un cigarrillo “Hoy que los estoy bañando, mirá que no está haciendo buen sol”, entre las ramas y las siluetas de las iguanas se ven las oscuras nubes que refuerzan sus palabras. Termina de fumar y continúa. “Sigue Hércules, jajaja, ese le huye al agua. A mí tampoco me gusta el agua oís” toma al perro sobre su pecho cual niño recién nacido “Ahora hace 15 días que no me baño, nuuuu, allá en la bomba de gasolina”. Tose un par de veces.

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En el Parque, la tarde transcurre con el silencio de la naturaleza: el viento moviendo las hojas de los árboles; canta un gallo al que un ganso le quita los piojos mandando su pico con fuerza contra el plumaje del ave; el aleteo de palomas de todos los tamaños; una iguana cae del árbol “Se cayó una” rige su cuerpo, levanta la mano derecha a la altura de la cabeza señalando hacia arriba. Barbas con solo escuchar, sabe dónde cayó la iguana. Sale del parque y la recoge. “Vos viera como me reciben por las mañanas, eso es una belleza, estos animales son una nota. Todo está en silencio, calladito” y agacha la cabeza y pone el índice en sus labios “Cuando yo entro, ¡no! eso las palomas de una salen volando, los perros se despiertan, los gallos cantan, las iguanas se mueven por todo lado. Cuando me voy a ir, hasta que todos no estén acostados, yo no me voy, a veces me dan las 12 o la 1 y me voy despacitico pá’ que ellos no se despierten. Perate me fumo un cigarrillito”, se sienta en una banca y de la nada aparece Rómulo, de nuevo se lanza contra su pecho sobando el hocico por el cuello de su amo “Aaayy, ¿si ves? Él no me deja en paz”.

Con el tiempo van y vienen personas cargando promesas de un futuro mejor para Barbas y sus animales, “Por ejemplo hay unos gringos que cada que vienen a Colombia, de una se viene pa´ acá. ¡Ja! Si hicieran lo que me dijieron, jueputa…”, pero el sueño de Barbas se encuentra fuera de la ciudad “Allá pasando Palmira, cerca a La María hay un lugar que ya tengo” con su índice se toca tres veces bajo el ojo derecho con picardía. Rómulo sigue en sus piernas y se acerca otro perro, Remo, buscando espacio en el cuerpo de Barbas. Lo logra. “Esto necesita billete, ese lote que tengo fichado allá es una nota, allá tendría a todos los animales que quiera, es muy amplio” Se acerca otro perro, Tony, se acomoda al costado de Barbas, quien enciende el cigarrillo. “Si me voy pá’ allá, vendría a Cali cada tanto a recoger los animales abandonados y me los llevaría. No importa qué clase de animal, eso uno estudia y sabe qué hábitat necesita cada uno. El punto es cuidarlos a todos. ¡ Ay no pues, montonera!” La lengua de Hércules pasa por el cuello de Barbas quien tiene ya cuatro perros encima. “Peeermiiisoo, tan intensos”, los perros se alejan meneando la cola, a excepción de Rómulo.

“Yo nunca los voy a dejar, siempre voy a venir a cuidarlos, este ha sido mi refugio por 24 años” aspira una bocanada, la expulsa con desaliento. En su mirada hay un desánimo que resalta su ropa suelta y sucia, que cubren las consecuencias de varios días sin comer o bañarse, y que mira como un enamorado al perro que no se quiere mover de su sitio. Lo abraza más con el jean que con sus piernas perdidas en la tela y lo aprieta contra su pecho “Si me enfermo, aquí voy a estar, si veo que no puedo caminar…” se termina el cigarrillo, tira la colilla al suelo “de aquí no salgo”. Tose.

Sí. No se ha muerto.

0 0 1975 23 Octubre, 2012 Reportajes, Textos Octubre 23, 2012

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